Una vez más, el Premio Planeta sale a escena. Se trata de un acontecimiento tan habitual como los posados de Ana Obregón dando comienzo al verano, años atrás. Con este pistoletazo de salida comienza la temporada final en el panorama literario español con su punto álgido en las Navidades, el momento en el que se regalan la mayoría de los libros que no se van a leer durante el 2027.
Siempre digo que el Premio Planeta es un mecanismo de promoción muy eficaz para promocionar el título que debería ser el más regalado en Navidades. Es como si dijéramos que es la canción del verano: lo que menos importa es la calidad de la obra. Interesa el ruido que se monte y lo mucho que se hable de la novela de turno (o del escritor). Ya lo dijo Dalí: “Que hablen bien o mal, lo importante es que hablen de mí, aunque confieso que me gusta que hablen mal porque eso significa que las cosas me van muy bien. De los mediocres no habla nadie, y cuando lo hacen sólo dicen maravillas.”
El caso es que este premio lo sostienen los más de mil escritores que han concurrido al mismo con la esperanza de ser finalistas como mucho, ya que supone un empujón importante para sus carreras. Es propio de esa aura romántica que rodea a los escritores anónimos que pelean por dar a conocer sus obras y que están dispuestos incluso a regalarlas con tal de que alguien las lea. Somos mendigos literarios y estamos dispuestos a rebajarnos hasta tal punto, que consideramos acertado participar en concursos presuntamente amañados, subimos gratis la novela a la plataforma de turno, ponemos precios ridículos a nuestro trabajo y recorremos las redes sociales mendigando atención. Este escritor incomprendido presa de las editoriales de autopublicación de turno, que acude hambriento a los cursos de escritores y mentorías literarias que proliferan abundantemente, que considera un orgullo que una editorial “tradicional” apueste por su obra sin pagarle ni un céntimo como adelanto y una miseria en un futuro, es el que sostiene todo este ecosistema plagado de depredadores voraces y hambrientos. Gracias a ellos las editoriales pueden saturar el mercado literario como lo hacen: porque les sale muy barato. Es la ley de la oferta y la demanda: si existen tantos escritores dispuestos a rebajarse como he dicho anteriormente, las editoriales podrán seguir explotándoles a su antojo porque ellos, los escritores, persiguen su sueño y son muchos.
Voy a ser un romántico, si me lo permiten: voy a creerme que Isabel Allende, una de las escritoras más reconocidas en la literatura en español durante el siglo XX, ha escrito la segunda parte de la novela más importante de su carrera y, en lugar de publicarla con la editorial con la que ha trabajado durante toda su carrera literaria, decide concursar en el Premio Planeta. “Tengo 84 años, así que voy a probar porque no he participado en mi vida en un concurso”, pensaría. Me figuro que deseaba sentir la incertidumbre de si esta novela pasaría los rigurosos controles de la editorial. A mí me da mucha curiosidad saber como ha conseguido salvar la cláusula de originalidad, que es habitual en estos concursos, y evitar que el jurado no se dé cuenta de que la historia es una continuación de una novela publicada hace más de cuarenta años. Es como decirle a quien lea ese manuscrito (que recordemos, debe estar firmado con pseudónimo), que el que ha escrito la historia es o el autor original de la precuela o un impostor. Lo primero rompería una de las cláusulas del concurso en el que se obliga a que el autor deba ser anónimo. Lo segundo quebraría la cláusula de originalidad. Por ese motivo me encantaría saber cómo Isabel Allende ha logrado pasar adelante con esta facilidad porque, como he dicho antes, me creo que ha concursado en igualdad de condiciones que el resto de los más de mil escritores. “Qué vergüenza habría sido no ganarlo”, dijo en la gala, “porque es el primer premio al que me he presentado en toda mi vida”.
Ostras, y vaya suerte la de la editorial: que entre los 1424 manuscritos que se han presentado al premio uno de ellos sea el de Isabel Allende, autora que ha publicado toda su vida con la competencia y que encima concursa con la continuación de la novela que la encumbró, es un maravilloso golpe del destino. Madre mía, si es que la suerte tiene siempre mil designios ocultos. ¿Quién lo podría pensar? ¡Ya van dos veces! Con Carmen Mola ocurrió lo mismo: los autores decidieron acudir al reclamo del aumento del premio (eran 601.000€ hasta entonces y en el 2021 pasó a 1 millón de euros) descubriendo la tapadera que les ocultaba del público porque habían decidido presentarse a un concurso para ver qué pasaba. ¡Qué suerte para Planeta que uno de los autores más importantes de la competencia encima resultase ganador del premio!

Creo que, en el caso de Isabel Allende, su editorial de toda la vida también ha pegado un pelotazo de narices: se van a hartar a vender “La Casa de los Espíritus”. Es lógico. ¿Quién se va a leer “La hora antes del alba” sin haber leído la primera novela? O al revés: imaginen que después de leer “La hora antes del alba”, publicada por Planeta como flamante ganadora de su concurso, al lector de turno le pica la curiosidad y se anima a leer “La Casa de los Espíritus”, publicada por Plaza & Janés (perteneciente a Penguin Radom House, la competencia de Planeta). Es lo que se podría llamar un premio boomerang: beneficia a la autora y también a su antigua editorial. Aquí ganan todos, pues. ¿Os imagináis un estuche lanzado por ambas editoriales con las dos novelas? Sería la leche.
Animo a Patrick Rodfuss a presentarse al Planeta del 2027 con la tercera entrega de las aventuras de Kvothe. Y, puestos a imaginarnos, podría presentarse Pérez Reverte en el 2028 con una nueva aventura de Alatriste. Hay precedentes que lo permiten…


Deja una respuesta